La oracion de Jesus

14.11.2014 10:30
La oración de Jésus
Comenta san Marcos que Jesús al terminar algunas de sus curaciones o enseñanzas, se apartaba de las multitudes y de sus discípulos y se iba al monte a orar y permanecía ahí hasta altas horas de la noche. No sabemos en qué consistía su oración porque los evangelios no nos han comunicado pasajes que contengan el diálogo que entablaba Jesús con su Padre en esos momentos de soledad e intimidad. Uno o dos pasajes nos muestran a Jesús irrumpiendo en un momento de gozo intenso que le lleva a gritar algunas oraciones (Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-26) y tanto en su oración personal como en la educación de sus discípulos usa el término Abbá para hablar con su Padre o dirigirse a él.

Sin embargo, el hecho de que no sepamos cómo era la oración de Jesús o en qué consistía su diálogo, podemos darnos algunas ideas por su estilo de vida y su relación con la gente. Jesús contaba 12 años y él ya tiene conciencia de ser Hijo de Dios, cuando María le pregunta sobre su alejamiento de la caravana que había ido al templo para la peregrinación anual (Lc 2, 41-52).

 

Por lo tanto, cuando aún es un niño, Jesús ya sabe que hay algo en él que le relaciona estrechamente con Dios; tal vez no sabe explicarlo y puede que no lo entienda del todo, pero percibe que hay algo en él que le conecta con Dios. Jesús ha aprendido a hablar y se dirige a José con el término abbá y a María con el término immá y sus padres le han enseñado a relacionarse con Dios.

En la casa de Jesús, sus padres rezan a diario, los sábados asisten a la sinagoga para escuchar y meditar la ley de Moisés y a los profetas; Jesús conoce las oraciones de bendición que rezan los judíos; reza en la mañana y en la noche el Shemá Israel y conoce algunas narraciones referidas a Moisés y a los grandes profetas que dirigieron sus palabras a las tribus del reino del Norte. Y en las grandes fiestas celebran en su pueblo los acontecimientos que le dieron forma y vida a la nación judía; y tal como lo comenta san Lucas, su familia iba al menos una vez al año a Jerusalén para celebrar la pascua.

Estos momentos diarios, breves, sencillos, pero intensos son los que van a ayudar a Jesús a descubrir la proximidad y la cercanía de Dios. El Dios en quien sus padres le enseñan a creer es un Dios que actúa en la historia: todas las bendiciones que el pueblo dice de Dios, se deben a su intervención portentosa en la historia del pueblo.

 

Dios es grande, bendito, santo, todopoderoso, bueno, misericordioso, fiel, compasivo y clemente mostrándose de todos estos modos en el diario vivir del pueblo de Israel. Las ideas sobre Dios que el pueblo profesa en su fe –que es lo mismo que nosotros profesamos- son el resultado de la reflexión sobre el modo en que Dios actúa en la historia del pueblo. Israel no habla de un Dios todopoderoso, perfecto, eterno, omnisciente, omnipresente, sino que habla de un Dios que, al intervenir en la historia, se muestra clemente, compasivo, bueno, santo, misericordioso, fiel, justo.

Y es a este Dios al que Jesús conoce, ama y cuando inicie su vida de ministerio profético, es al Dios que anunciará. Nosotros los occidentales tenemos conceptos más intelectuales de Dios; hablamos de él como se habla de un ser fuera de este mundo, le aplicamos conceptos y adjetivos de tipo filosófico, pero son ideas ajenas a nosotros y ajenas a Dios. Por eso Jesús le comentaba a la samaritana que los judíos saben lo que adoran, en cambio los samaritanos no saben lo que adoran y por ello dice que la salvación viene de los judíos. (Jn 4, 22). Del mismo modo, nosotros los occidentales, no conocemos al que adoramos ni a quien le rendimos culto; le hablamos de oídas, porque otros nos lo han contado, pero nosotros no lo hemos conocido (Jn 7, 28; 8, 19.54-55).

La oración que elevamos a Dios depende de la imagen que tengamos de él; para el occidental, Dios es como un mago o hechicero que resuelve todos los problemas (por eso para nosotros una de las características preferidas de Dios es su omnipotencia) y por eso nuestra oración fluye con facilidad cuando necesitamos que Dios nos resuelva algún problema.

El caso de Jesús es diferente, para Jesús la imagen por excelencia de Dios es la imagen de un Padre, por eso lo llama ABBÁ, es decir, papi, y lo hace con cariño, con afecto, con respeto, con veneración, pero también con confianza. Ante la imagen de un Dios Padre, Jesús le habla como un hijo; es cierto que un hijo puede hablar a su padre para pedirle algo, pero también le puede hablar para confiarle sus alegrías, sus penas, para abrirle su corazón, para contarle sus cuitas, para decirle cuánto lo quiere, para estar con él sólo por gozar su presencia.

Nosotros tenemos mucho que aprender del modo en que Jesús se dirige a Dios. Nosotros sólo oramos cuando necesitamos algo, incluso cuando no conseguimos lo que queremos nos enojamos con Dios o nos alejamos de él, más aún renegamos de él o lo maldecimos; pero en el diario vivir, en el devenir de cada día, Dios no ocupa ni un pequeño espacio en nuestro corazón ni en nuestra mente.

Jesús dedica tiempo a Dios, sólo por estar a su lado; de hecho, si los evangelios no insisten en el tema de su oración (que es frecuente, profunda, larga y constante) es decir, si los evangelistas ven que Jesús dedica mucho tiempo a la oración, y la oración es un elemento fundamental de la vida del judío piadoso, lo más obvio es que la gente que lo sigue o le rodea quisiera saber de qué hablaba Jesús con su Padre; sin embargo, los diálogos de Jesús con Dios quedan en la intimidad del mismo Jesús; hay algunos retazos de las oraciones de Jesús: la alabanza que nos presentan Mateo y Lucas que comentamos más arriba, la oración en el huerto de Getsemaní, la oración en la cruz, pero nada más.

El resto de sus ratos de oración quedan en la intimidad del corazón de Jesús; sin embargo, como comentamos al inicio, la oración nutre la vida de Jesús y es la que le manifiesta poco a poco el sentido de la predicación que va a dirigir al pueblo y a la gente que le siga por los poblados y caseríos de Palestina. La imagen que tiene Jesús de Dios no se nutre el cien por ciento de la Escritura del pueblo judío, esa es la razón por la que habrá diferencias, roces y enfrentamientos entre Jesús y los dirigentes de Israel.

La buena noticia del evangelio consiste, principalmente en la revelación que Jesús va a hacer de Dios como Padre; ni siquiera Juan el bautista tenía una imagen similar a la que va a desarrollar Jesús. Para el Bautista, Dios viene como Dios justiciero con el hacha lista para cortar los árboles que no dan fruto, y preparado para echar al fuego la paja que ha crecido en su campo (Mt 3; Lc 3). Nada de ¡raza de víboras!, ni algo similar; para Jesús Dios es un Padre bueno, clemente, compasivo, misericordioso, justo. Por eso sus enseñanzas se encaminan a que, todos los que le escuchan, sean conscientes de esta gran verdad: Dios está al pendiente de todos sus hijos, del mismo modo que lo está de los pájaros del cielo, de los lirios del campo y de los pequeños pájaros, Dios tiene preparada una gran fiesta a la que todos son invitados; Dios no rechaza a nadie; incluso es tan bueno que reparte sus bienes en vida y si un hijo se aleja de él, Dios le espera impaciente y le recibe con júbilo y alegría como se recibe a un hijo que ha muerto y ha vuelto a la vida; Dios se goza cuando alguien regresa a él; Dios es tan bueno que quiere que todos los hombres tengan trabajo, que coman lo necesario y que no les haga falta nada en el hogar; Dios quiere que nuestro mundo sea un mundo más fraterno en donde nadie sufra, llore o le falte lo necesario.

Todo el evangelio es la muestra evidente de lo que Jesús ha descubierto de Dios a través de su oración. Su predicación es buena noticia porque nos descubre a Dios completamente nuevo, incluso comparado con el Dios revelado por el Antiguo Testamento. Ciertamente el Dios del NT y del AT es el mismo, pero la imagen que Jesús nos da, es fruto de la intimidad vivida al lado de Dios; los profetas hablaban de oídas, pero Jesús habla de lo que ha visto y oído a su Padre. Por eso san Juan nos dirá que Dios es ante todo AMOR; pero Juan lo descubrirá, en su relación diaria con Jesús.

En la oración, en la oración sencilla, humilde y honesta, habremos de descubrir quién es Dios, pero eso sólo se consigue cuando, al igual que Jesús, dedicamos largos ratos a estar a solas con Dios.